Contacta con nosotros

Para cualquier duda o información, puede contactarnos:





He leído y acepto la Política de Privacidad.

C/ Cartagena 76, Madrid 28028 | C/ Arlanzón 11, 09004 Burgos

16 junio, 2020 a las 11:09 am · · 0 comentarios

Nueva normalidad: Amar de nuevo, amar normal

( Un relato sobre cómo afrontar las relaciones de pareja en el siglo XXI, por David Villa)

A menudo se preguntaba qué hacia ella aquí, con él.

Qué era eso que la retenía. Por qué no cogía las maletas y se iba.

Irse él, ni de coña. Motivos tenía de sobra (para que ella se fuera, digo).

No había mañana que no la mirase con odio al cruzársela entre el dormitorio y el baño o le ladrase preparando el desayuno.La mayor de las veces, tras desayunar, sus aspavientos de gigante tornaban en aspas de molino manchego desvenzijado y de tela rota. No sabía que era peor, si su odio visceral que lo tensaba todo o su victimismo cainita que pudría cualquier brote de esperanza.

Qué hacia ella aquí con él, se preguntaba cuando al terminar de trabajar metía las llaves de vuelta a casa y a pesar de repetirse una y mil veces que esta vez sí, esta vez dejaría el mal humor aparcado en su plaza del garaje se veía de nuevo seco en sus respuestas y altivo en los besos que recién llegado exigía a su compañera.

…qué hacía ella aquí, con él.

A menudo se preguntaba qué hacia él aquí, con ella.

Qué era eso que lo retenía. Por qué no cogía sus maletas y se iba ( él,digo).

Motivos tenía de sobra para dejarla,eso estaba claro.

No había mañana que su despertar no fuese acompañado de la sombra del fracaso constante. Un ¡cuidado! en mayúsculas que la asustaba y advertía una y otra vez de que muy probablemente su próximo movimiento sería como no, una cagada. Un volver a equivocarse, un no estar a la altura y una inseguridad que ya no alcanzaba a recordar si venía de serie o había ido surgiendo a medida que cumplía años. Y ya eran unos cuantos.

La mayor de las veces, tras un largo día de trabajo, al llegar a casa el vacío y silencio del hogar arañaba sus vísceras y ese libro que quería leer, esa película de la que tan bien le habían hablado o ese ratito arreglando los rosales se desvanecían hundidos por la culpa y el miedo.

Miedo que da miedo del miedo que da (decía Pedro Guerra).

Miedo al miedo de ser.

Miedo al miedo de estar.

Miedo al miedo de hacer.

Y claro, muy empoderada no es que saliese de esa verbena emocional. Al contrario, cada día que pasaba las cargas y tareas acumuladas se hacían más anchas y la imagen de sí misma más estrecha, tanto, que hasta podía sentir como se le oprimían los pulmones.

..qué hacía él aquí , con ella..

Sí,claro, había momentos dulces, incluso jornadas ligeras en las que las risas y afectos daban un soplo de aire fresco al ambiente cargado del HOGAR.

Luego, por la noche, cuando ya los hijos dormían, sus miradas volvían a encontrarse. A veces era él el dolido, otras era ella la callada. A veces era ella la que mostraba su enfado, otras la preocupación de él les hacía pisar tierra.Tomar conciencia. Ambos sabían lo que pasaba: Él, sus inseguridades y ese DEBER hacerse cargo de ella que no hacían otra cosa que frustrarlo por el sufrimiento ajeno y enfadarse con ella por no hacerle caso y resolverlo (vamos, la típica idea flipada machomental). Ella, sus miedos y ese DEBER sacrificarse por los demás que le habían hecho desarrollar una gruesa capa de anestesia emocional que no le permitían conectar siquiera con lo que sentía.

Era ahí, en ese luego, en ese preciso momento, en el que ambos notaban como se acercaba el tren de la oportunidad. Aquel que les fundiría en un abrazo regenerador y haría perder en el olvido los malos momentos, permitiéndoles, esta vez sí, poder disfrutar de lo que se merecían; comer perdices.

Sin embargo, coger ese tren les resultaba»harto» difícil. O bien pasaba muy rápido en una estación repleta de andenes y trenes en todas direcciones o bien iban tan cargadas sus maletas que no tenían fuerzas para subirse con todo su equipaje.

Por suerte, esta historia, la suya, no era un cuento de hadas, ni un dramón «sempiterno» de telenovela. Esta historia era real, de las de aquí, el planeta Tierra. Y aquí no hay castillos encantados, ni cupidos que lo puedan todo. Por suerte, aquí, en las vidas reales, uno puede permitirse darse cuenta de que mucho de las historias e histerias que nos contamos cada día en las que nos enredamos, ni son tan tremendas, ni tan insalvables. Aquí, en su historia, cada uno de ellos podía hacerse cargo de sus propios miedos, cuidar sus heridas y gestionar sus inseguridades. Aquí, cada día tenían la oportunidad de llevar las riendas de su propia vida y de su relación de pareja.

Subieron al tren. El de «Hacerse cargo»; calmando cada uno los escalofríos que recorrían su cuerpo a la espera de llegar al destino deseado. Sin justificarse en cada estación, sin echar la mierda propia en el asiento de su pareja, sin culpabilizar al otro, al revisor o a si mismo por lo incómodo que resultaba a veces el traqueteo del tren, sin victimismos. Asumiendo los fallos y fracasos como algo inherente al viaje, dejando espacio para que cada cual pudiese tomar sus propias decisiones y acompañando que no solucionando las dificultades del otro.

A través de las ventanas, el reflejo del interior del vagón les hacía ver la capacidad de amar lo peor de ellos mismos, buscar soluciones comunes a dificultades comunes. El paisaje cambiante permitía intuir lo mejor de cada uno, festejar lo bello de la tranquilidad, la seguridad que da ver ese paisaje pasar mientras el tren sigue su camino y el cariño que surge en cada tacto. Cariño, placer, eros…la guinda del pastel, la nata de las tortitas, las aceitunas que acompañan cada vinito en el vagón restaurante.

Entonces, el tomó conciencia y se calmó. Y pudo hablar de lo que sentía sin miedo a que ella sufriera.

Entonces, ella sostuvo sus emociones escondidas y disfrutó. Y se permitió disfrutar de la vida, del ahora, de lo de aquí.

Aquí, ahora, después del luego, duermen abrazados, cocinan juntos, siguen enfadándose, su piel se siente segura de puertas a dentro y se siente querida de puertas afuera, se entristecen cuando las cosas no salen como les gustaría, asustándose cuando alguna sombra cruza el pasillo o algún recuerdo llama a la puerta. Eso sí, ahora, saben que cada día pasa el tren y hablan y escuchan y respiran y respetan y buscan la manera de seguir nutriendo el vagón compartido y juegan. Por la megafonía se escucha el mensaje de la compañía ferroviaria: -«no hay nada que tengan que hacer, nada que tengan que pensar, solo déjense llevar, no hay nada de lo que no podamos hacernos cargo, simplemente, déjenlo pasar, próximamente llegaremos a nuestro destino».

Ahora, aquí, comen perdices. Bueno, se están planteando cambiar de dieta, pero eso…eso es otra historia.

 

Categorías: Blog

editor

editor

Vivamus ullamcorper pretium ipsum, id molestie elit dapibus vitae. Vestibulum ut odio id sem ultrices convallis vel id diam.

Deja un comentario