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23 agosto, 2018 a las 12:06 pm · · 1 comentario

La dependencia emocional

El ser humano es un ser social, su necesidad de vivir en contacto con otros seres humanos le pone en constante conflicto entre sus propias necesidades y las del grupo. El proceso de socialización que experimentamos desde la infancia supone un viaje de gran satisfacción, pero también una enorme fuente de conflictos, pues es en este intercambio entre individuo y sociedad en donde las personas no solo se construyen, sino que también se alienan y reprimen cuando sus necesidades y deseos van en contra de las miradas y discursos elaboradas por el grupo de pertenencia.

En ocasiones, el sujeto es incapaz de encontrar y mantener un balance entre el mismo y el grupo social, pues el límite social se extiende sobre el sujeto, la sociedad actúa sobre el individuo con demasiada fuerza y aparecen diferentes formas de desorientación, confusión o enfermedad como maniobra defensiva para protegerse a si mismo de la amenaza de ser aplastado por el mundo.

La socialización produce la introyección de normas o introyectos sociales. Y una de ellas es, en nuestra sociedad occidental, el deber de pertenencia de las personas a un grupo familiar, constituido por dos personas: hombre y mujer, una pareja heterosexual que ha de tener hijos. Esta norma se encuadra dentro de la heteronormatividad, de forma que cuanto más nos acerquemos a la heteronormatividad más beneficios sociales conseguiremos, y en la medida en la que nos alejemos de ella, tendremos que desprendernos de dichos privilegios. Este deber de pertenencia a una familia heteronormativa se va construyendo en niñas y niños desde la infancia, tomando forma primero a través de la mirada y discurso del otro/a, acaba luego incorporándose como deseo del individuo para lograr la satisfacción vital. Actualmente la lucha por la afirmación de diversos colectivos, como los de personas gays y lesbianas, madres solteras por elección, entre muchos otros, han hecho un gran aporte hacia el cuestionamiento del discurso heteronormativo y hacia la construcción de otros discursos más centrados en la realidad del individuo y en la integración de otras formas de vida como válidas.

Sin embargo, la búsqueda del amor y la consecución de una  vida en pareja satisfactoria, es un anhelo humano importante. La pareja sigue siendo un lugar en el que los seres humanos podemos encontrar un espacio para el crecimiento personal, o por el contrario, un mundo en el que se produce un profundo sufrimiento derivado de la necesidad de una respuesta emocional del otro/a.

Necesitamos que exista un otro para vivir, y estamos constantemente atentos a recibir su validación, su mirada y su contacto. En ocasiones, esta condición de necesidad nos puede llevar al sometimiento, por miedo a que ese otro nos frustre o nos castigue con la pérdida del amor, con la descalificación o el abandono.

Este tipo de intercambio interpersonal se produce en primer término entre el bebé y las figuras de apego primario (madre y padre), pues el bebé es moldeado por la mirada de sus figuras significativas al tener como única referencia el estado de ánimo de los que le rodean. Este primer aprendizaje determinará nuestras formas de interacción futuras en la pareja, nuestras reacciones emocionales y temores. Nuestra vida estará marcada por una conflictiva angustiante entre la dependencia al otro y la autonomía.

Esto explica porqué en ocasiones, nos mantenemos en una pareja en la que no sentimos que la/el otro/a responda a nuestras necesidades emocionales, o en la que se puede haber producido una infidelidad, o en la que se puedan haber iniciado distintas formas de violencia y maltrato.

En algunos casos, el mantenimiento de este tipo de parejas, requiere que la persona que se siente sometida se haya autoengañado para poder continuar soportando estas condiciones, puede negar su sufrimiento, puede que haya idealizado a la figura que siente como persecutoria para poder sobrevivir, como en el Síndrome de Estocolmo; o puede que el miedo a la separación o el temor a no encontrar una nueva pareja le impidan salir de la relación. Es frecuente que cuando se han vivido traumas familiares infantiles, las personas no se sientan dignas del amor del otro y se autoengañen para sobrevivir condiciones miserables, como cuando hay maltrato en la pareja.

La persona sometida puede sentir que los deseos de su pareja priman sobre los suyos, o puede inhibirse a la hora de expresarse por la angustia de generar un gesto en el otro de desaprobación, desvalorización o abandono. Escaneamos constantemente al otro de manera inconsciente, para ver si producimos satisfacción o desagrado. Y, de esta forma, no somos coherentes con lo que somos, con lo que sentimos, pensamos y deseamos.

En la vida nos enfrentamos a un gran reto, que consiste en lidiar entre nuestros deseos de autonomía y nuestra necesidad de vínculo con el otro. El ser humano tiene sentido de equilibrio social y psicológico, sus movimientos están dirigidos a encontrar el balance entre sus necesidades personales y las exigencias de su grupo. No es fácil encontrar el equilibrio entre tener en cuenta lo que nuestra pareja siente y necesita sin renunciar a ser una/o misma/o. Pues estamos programados/as para creer que lo que el otro siente frente a nosotras y nosotros, es el testimonio sobre lo que somos. Si el otro siente deseo de acariciarnos o por el contrario, nos rechaza, es lo que creemos que somos: dignas y dignos de ser queridos o no.

Esta es una distorsión en realidad, pues los actos del otro solo nos indican lo que le pasa al otro realmente. Desafortunadamente, aprendemos en el mundo infantil que dependemos vitalmente de las personas que nos rodean para que nos acepten y nos quieran, y arrastramos esta condición hasta el mundo adulto sin darnos cuenta de que aquellas estrategias usadas en la infancia ya no son necesarias ni tienen sentido en otras etapas de la vida.

Cuando en la búsqueda del equilibrio el individuo se sobrecarga con las exigencias de la pareja o del grupo, no puede ver ni satisfacer sus propias necesidades, no puede distinguir entre si mismo y el resto y tiende a ver a la pareja más grande que a la vida y a si mismo más pequeño.

En ocasiones, nuestras necesidades y deseos de contacto íntimo y sexual, provocan que la mera posibilidad imaginada de no tener pareja o de finalizar una relación, genere una angustia muy fuerte, semejante al de la abstinencia en una adicción. Esto nos lleva a mantener relaciones en las que se alternan estados de insatisfacción o de maltrato con estados de satisfacción que mantienen la dependencia. Perdemos nuestro sentido de la orientación, y el contacto con el otro se transforma en una sustancia adictiva que anhelamos.

En otras ocasiones, solo nos sentimos valiosos en función de la unión con el otro, es el otro el que nos otorga valía. Esto ocurre con frecuencia en mujeres, la psique de la mujer es construida en una sociedad en la que lo femenino es considerado inferior o se devalúa frente a lo masculino, de forma que la valoración de la mujer es determinada por unos atributos: belleza, juventud, afabilidad; que la posicionan según su grado de deseabilidad para el hombre, el ser mujer siempre está determinado por el ser para el otro, como objeto sexual, como madre bondadosa, como cuidadora de enfermos… De esta forma, la mujer siente que para ser completa necesita a un hombre a su lado que le proporcione valía. Y la búsqueda de la pareja y la maternidad se vive con una angustia extrema por constituirse como deseos únicos. Las mujeres son por ello más sensibles al sometimiento emocional en la pareja, si bien los hombres también pueden sufrir esta condición.

Puede ser también la consecución de un deseo lo que nos hace mantenernos en una relación de pareja en la que sentimos que existe sometimiento. Lo seres humanos tenemos deseos importantes, que vienen a la mente con una alta carga de anhelo, en ocasiones es el amor, el logro económico, la maternidad, etc, y podemos sentir que abandonando una relación perderemos la posibilidad de conseguir ese deseo central.

Sin embargo, la dependencia emocional no es un destino inexorable, existen formas de cambio, de liberación de esta condición, podemos recuperar nuestro ser de la sumisión del otro. Y el proceso terapéutico constituye una gran herramienta de transformación.

El tratamiento de la dependencia emocional, pasa por ver los factores que influyen en el sujeto para mantenerse en una relación tóxica, ¿qué es importante en su vida? ¿cuáles son sus ambiciones y deseos?, ¿qué representación tiene de si misma?, ¿cuánta exigencia hay de cumplir sus ideales?. Se trata de ir recuperando la valía perdida para que la persona pueda reorientarse y comenzar a ver de nuevo sus límites, sus necesidades y deseos.

El proceso terapéutico pasa porque la persona pueda hacer de su vida una obra de arte y contemplar la belleza de sus paisajes interiores. Que pueda comprenderse, que entienda de qué forma se bloquea y cuáles son sus procesos automáticos, para poder relacionarse consigo misma y con su entorno de otra manera. Que pueda descubrir toda su potencialidad de desarrollo, pues el ser humano tiene una tendencia natural al crecimiento y a la autorealización.

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