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8 marzo, 2021 a las 11:48 am · · 0 comentarios

Baile de mascaras.

Un relato de David Villa Rodríguez.

Se abrían y cerraban los cajones de sopetón.

El retumbe de sus pasos corriendo por el parquet del piso de sus padres.
Pasillo arriba, pasillo abajo.
-Schhhh.
-Vas a despertar a tu hermano…
Déjame ayudarte, ¿Qué es lo que no encuentras?
– ¡¡La máscara, mamá!!
¡La máscara de carnaval!

Habían pasado ya un par de décadas desde que la cultura popular hiciera de las fiestas de
carnaval una fiesta completamente diversa a la que todos conocemos a día de hoy.
Tras más de quince años retorcido y zarandeado por los estragos del «corona», el mundo tal
y como lo conocimos poco se parecía a un domingo patinando por Madrid Río y conciertos
en la Riviera.
Años y legados dejaron huella en las ganas de seguir adelante.
Era bien sabido las mil y una recomendaciones que llegaban día a día para hacer frente a la
pandemia y sus estragos (evitar la sobre información, planificar el tiempo, centrarse en el día
a día, ajustar expectativas y concretar objetivos, ayudar a los vecinos y buscar distracciones
gratificantes).

De sobra se conocían las pautas a seguir para llevar una vida plena:(dieta saludable,
higiene del sueño, hacer deporte, socializar, marcarse objetivos concretos, establecer
rutinas, no juzgar, dejar a un lado victimismos, cuidar y dejarse cuidar, etc).

Conocíamos las consecuencias de vivir con miedo o hibernar en la desidia y la
procrastinación: ansiedad, depresión, obesidad, problemas de sueño…
Y sin embargo el cansancio, la desesperanza y la desmotivación comenzaron a colarse
entre las rendijas del bienestar.

Atrás quedó la sorpresa, el confinamiento, los aplausos y la nueva normalidad. Delante un
vacío incierto sin asideros donde apoyar la confianza.
Los miedos agarrotaron la convivencia, la desesperanza se enquistó, la idea de un futuro
mejor se apagó y nuestra empatía acabó hecha un yogur caducado.

Fue «de a poco». Al principio la desesperanza y la desmotivación embotaron nuestros
anhelos. El recorte de las libertades individuales trató de compensarse mediante la libertad
de expresión.

El «qué dirán» pasó a segundo plano, fue calando la idea de que ya que había que seguir
con la mascarilla, uno podía ir por la calle como le diese la real gana siempre y cuando
cumpliese con las medidas de prevención.
La gente comenzó a llevar mascarillas cada vez más estridentes y rocambolescas… luego a
conjuntarlas con su ropa y por último acabó disfrazándose completamente para los
quehaceres diarios. Así podías encontrarte con el conductor del autobús vestido de vikingo, la frutera de Wonder
Woman o el fontanero de Mario Bross…mientras la mascarilla estuviese en su sitio todo
valía, no había problema y los pocos reticentes insidiosos rápidamente aceptaron el mal
menor en aras de un bien superior.

La pandemia se fue.
Los disfraces no.
Daba igual que fuera trabajo de oficina, una boda, un funcionario o una «ama de casa» se
mantuvo la costumbre de ir disfrazado por el mundo.
Claramente, los festejos como Halloween o carnavales dejaron de ser lo que fueron pero no
perdieron su encanto.La gente comenzó entonces a aprovechar esos días de máscaras y disfraces para tratar de
vestirse como realmente se veían ellos. Ese día estaba permitido ir sin mascarilla así que la
gente aprovechó para vestirse con sus mejores galas y dejar su rostro a la vista de todos.
Cómo no, un grupo de psicólogos trató de entender las consecuencias que esto podría
acarrear y los resultados les dejaron estupefactos.
Al parecer el incremento de la motivación y esperanza de un futuro mejor aumentaba
exponencialmente a medida que más personas interaccionaban en los festejos con la cara
destapada.

La gente se mostraba más segura y confiaba más en sus conciudadanos, los ingresos en
urgencias disminuyeron, las crisis de ansiedad y el consumo de ansiolíticos bajó
radicalmente.
Eso sí, pasadas esas fechas, los índices recuperaban sus valores normales.
Todos lo sabíamos, todos éramos conscientes de que si en algún momento del año existía
la posibilidad de cambiar de rumbo y disfrutar más de la vida era cogiendo la ola del
carnaval, luego sería más difícil cambiar de trabajo, enamorar a tu pareja o retomar las
relaciones familiares…

Todos sabíamos que mostrarnos tal y como éramos podía hacer de este mundo un lugar
mejor, lástima que como al protagonista de nuestra historia a muchos de nosotros se nos
olvidó nuestro propio rostro y nos tiramos todas las fiestas tratando de buscar entre
nuestros cajones la máscara perfecta sin darnos cuenta de que ya la llevamos puesta.
Sólo tenemos que quitarnos el disfraz.

Categorías: Ansiedad, Blog, Covid-19, crecimiento personal, insomnio, miedo

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